24 de agosto de 2017

Ya son nueve meses. El tiempo corre


La vida pasa volando. Esa certeza se cierne sobre mí cada vez con más contundencia desde que soy papá.

Ahí va superando retos y dándonos una alegría tras otra, cada una de sus acciones es mágica, cada detalle de ella es de la fantasía más real. Con sus "mmmamma mmamma ma" luego con sus "ta ta ta" o cuando se queda pensando, se acerca como queriendo contar un secreto y dice bajito "tata" sosteniendo mucho la primera "t". O cuando se acerca a mi mejilla para acariciarme suavecito, me da un beso lleno de babas y junta su mejilla con la mía, para inmediatamente después, pegarme un manazo que me deja descolocado y morirse de risa.

Mi futura "Domadora de Dragones" y otros peligros,  ya cabalga sobre Maya (nuestra perra) dejando mil carcajadas en el aire. Ya gatea, aún no camina, pero se agarra de los muebles para ponerse de pie y movilizarse a su manera. ¡Aún no tiene ni un dientecito! Pero come todo lo que se le ponga por delante y le encanta beber en una copita de cristal.

Es la más linda de todas ¡Que sí, que ya sé que todos los papás piensan y juran lo mismo, pero no importa porque mi nenita sí es realmente la más linda de todas!

Se me hincha el pecho de orgullo con cada paso, cada vez que mueve su manita diciendo adiós, con cada palabra, cada sorbito o cada bocado, con cada sonrisa e inclusive cada vez que la veo dormir. Pero también se me encoje el corazón de pensar lo rápido que está creciendo, lo pronto que ya el tiempo empezó a luchar contra mí para arrebatármela.

Justo ayer que cumplió nueve meses el infame facebook se burla de mí con este enlace haciéndome caer en la cuenta de la feliz, pero a la vez cruel verdad:

Los hijos olvidarán

El tiempo es un animal extraño. Se parece a un gato, hace lo que le da la gana. Te mira astuto e indiferente, se marcha cuando le suplicas que se quede y se queda inmóvil cuando le pides por favor que se vaya. A veces te muerde mientras ronronea o te araña mientras te besa.
El tiempo, poco a poco, me liberará de la extenuante fatiga de tener hijos pequeños. De las noches sin dormir y de los días sin reposo. De las manos gorditas que sin parar me agarran, me escalan por mi espalda, me cogen, me rebuscan sin restricciones ni vacilaciones. Del peso que llena mis brazos y dobla mi espalda. De las voces que me llaman y no permiten retrasos, esperas, ni vacilaciones.

El tiempo me devolverá el ocio vacío de los domingos y las llamadas sin interrupciones, el privilegio y el miedo a la soledad. Aligerará, tal vez, el peso de la responsabilidad que a veces me oprime el diafragma.
El tiempo, sin embargo, inexorablemente enfriará otra vez mi cama, que ahora está cálida de cuerpos pequeños y respiros rápidos. Vaciará los ojos de mis hijos, que ahora desbordan un amor poderoso e incontenible.

Quitará desde sus labios mi nombre gritado y cantado, llorado y pronunciado cien, mil veces al día. Cancelará, poco a poco o de repente, la familiaridad de su piel con la mía, la confianza absoluta que nos hace un cuerpo único. Con el mismo olor, acostumbrados a mezclar nuestros estados de ánimo, el espacio, el aire que respiramos.

Llegarán a separarnos para siempre el pudor, la vergüenza y el prejuicio. La conciencia adulta de nuestras diferencias.
Como un río qué excava su cauce, el tiempo peligrará la confianza que sus ojos tienen ante mi, como ser omnipotente. Capaz de parar el viento y calmar el mar. Arreglar lo inarreglable y sanar lo insanable.
Dejarán de pedirme ayuda, porque ya no creerán que yo pueda en ningún caso salvarlos.
Pararán de imitarme, porque no querrán parecerse demasiado a mi. Dejarán de preferir mi compañía respecto a la de los demás ( ¡y ojo, esto tiene que suceder! )

Se difuminarán las pasiones, las rabietas y los celos, el amor y el miedo. Se apagarán los ecos de las risas y de las canciones, las nanas y los “Había una vez” acabarán de resonar en la oscuridad.
Con el pasar del tiempo, mis hijos descubrirán que tengo muchos defectos y, si tengo suerte, me perdonarán alguno.
Sabio y cínico, el tiempo traerá consigo el olvido.
Olvidarán, aunque yo no lo haré. Las cosquillas y los “corre corre” , los besos en los párpados y los llantos que de repente paran con un abrazo. Los viajes y los juegos, las caminatas y la fiebre alta. Los bailes, las tartas, las caricias mientras nos dormimos despacio.

Mis hijos olvidarán que les he amamantado, mecidos durante horas, llevado en brazos y de la mano. Que les he dado de comer y consolado, levantado después de cien caídas. Olvidarán que han dormido sobre mi pecho de día y de noche, que hubo un tiempo en que me han necesitado tanto, como el aire que respiran.
Olvidarán, porque esto es lo que hacen los hijos, porque ésto es lo que el tiempo elige.
Y yo, yo tendré que aprender a recordarlo todo también para ellos, con ternura y sin arrepentimiento, ¡gratuitamente! y que el tiempo, astuto e indiferente, sea amable con esta madre que no quiere olvidar.

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